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Luego de un agitado día de dictado de clases y de hacer la vida imposible a cientos de estudiantes universitarios, Eudoro Terrones se dirigió a su casa como todos los días. Recorrió las calles de Jesús María sin percatarse que le estaban brotando alas y su piel se estaba tornando oscura y viscosa. Grande fue su sorpresa cuando llegó casa convertido en una repugnante mosca. Su visión, fragmentada en varias realidades, y sus patas impregnadas de excremento lo aterrorizaron al punto de producirle un infarto.
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